La cara B del boom de Ozempic: efectos secundarios, efecto rebote y los riesgos de utilizar estos tratamientos sin supervisión médica
Millones de personas han encontrado en medicamentos como Ozempic o Wegovy una ayuda para perder peso, pero los especialistas recuerdan que no son una solución milagrosa y que su uso sin control médico puede tener consecuencias importantes para la salud.
Durante los últimos años, los medicamentos basados en agonistas del receptor GLP-1 han pasado de ocupar un lugar reservado para el tratamiento de la diabetes tipo 2 a convertirse en protagonistas de una auténtica revolución en la pérdida de peso. Su popularidad ha traspasado las consultas médicas para instalarse en las redes sociales, donde las transformaciones físicas de famosos e "influencers" han contribuido a alimentar la percepción de que existe una fórmula rápida y eficaz para adelgazar. Sin embargo, tras el entusiasmo que rodea a estos tratamientos, los especialistas insisten en que también existe una cara menos visible que conviene conocer antes de iniciar cualquier terapia.
La semaglutida, principio activo presente en fármacos como Ozempic o Wegovy, actúa imitando una hormona que regula el apetito y favorece una mayor sensación de saciedad. Como consecuencia, muchas personas reducen de forma considerable la ingesta de alimentos y logran una pérdida de peso significativa. Precisamente esa eficacia ha provocado que su demanda se haya disparado, incluso entre quienes no cumplen los criterios clínicos para recibir este tipo de tratamiento.
A pesar de sus beneficios, no se trata de un medicamento exento de efectos adversos. Las molestias digestivas constituyen la reacción más frecuente durante las primeras semanas y suelen manifestarse en forma de náuseas, vómitos, diarrea, estreñimiento o dolor abdominal. En la mayoría de los casos son síntomas transitorios que mejoran conforme el organismo se adapta y la dosis aumenta de forma progresiva, motivo por el que los especialistas insisten en respetar el calendario de administración establecido para cada paciente.
No obstante, también pueden aparecer complicaciones menos habituales que requieren atención médica, como pancreatitis, problemas en la vesícula biliar o cuadros de deshidratación derivados de vómitos persistentes. Por ese motivo, los endocrinólogos recuerdan que este tipo de tratamientos exige un seguimiento periódico y una valoración individualizada que permita detectar cualquier incidencia antes de que se agrave.
Uno de los aspectos que más dudas genera entre quienes recurren a estos fármacos es qué ocurre cuando se interrumpe la medicación. Aunque la pérdida de peso puede ser notable durante el tratamiento, la evidencia científica demuestra que muchas personas recuperan parte de los kilos perdidos una vez dejan de administrárselo. Este fenómeno, conocido como efecto rebote, no responde a un fracaso del medicamento, sino a la propia naturaleza de la obesidad, considerada una enfermedad crónica en la que intervienen factores hormonales, metabólicos y de comportamiento.
Los expertos explican que, mientras el organismo recibe este tipo de terapias, el apetito permanece controlado y la sensación de saciedad aumenta. Sin embargo, al suspenderlas, esos mecanismos vuelven progresivamente a su estado previo. Si durante ese tiempo no se han consolidado cambios duraderos en la alimentación, la actividad física y otros hábitos de vida, el riesgo de recuperar peso aumenta considerablemente.
A ello se suma otro aspecto que preocupa cada vez más a los profesionales sanitarios: el uso indiscriminado de estos medicamentos sin supervisión médica. El creciente interés por adelgazar ha favorecido la aparición de preparados adquiridos a través de internet o de canales no autorizados, además de personas que modifican las dosis por iniciativa propia siguiendo consejos difundidos en redes sociales. Las autoridades sanitarias han advertido en varias ocasiones de que estas prácticas incrementan el riesgo de sufrir efectos secundarios graves y complicaciones derivadas de errores en la administración.
Los especialistas recuerdan, además, que estos tratamientos no están indicados para cualquier persona que desee perder unos kilos antes del verano. Su prescripción depende de múltiples factores, como el índice de masa corporal, la presencia de enfermedades asociadas o los antecedentes clínicos de cada paciente. Tampoco sustituyen una alimentación equilibrada ni el ejercicio físico, dos pilares que siguen siendo imprescindibles para conseguir resultados sostenibles a largo plazo.
Otro de los efectos que comienza a estudiarse con mayor atención es la pérdida de masa muscular que puede acompañar a una reducción rápida del peso corporal cuando no se mantiene una ingesta adecuada de proteínas ni se realiza entrenamiento de fuerza. Por ello, cada vez son más los profesionales que recomiendan combinar el tratamiento farmacológico con planes nutricionales personalizados y programas de ejercicio adaptados a cada situación.